Con total pasividad y resignación, sin asombro ni escándalos, la sociedad ha aceptado el papel de mero espectador en este sistema mal llamado democrático. La gente se ha ido a su casa a ver la televisión y a jugar con la play, dicen los sociólogos, dejando para una minoría, pero muy minoría, la batalla social en asociaciones, organizaciones, partidos y sindicatos.Los dueños de la democracia se regocijan con la apatía y el desinterés de las mayorías, al fin y al cabo, para cambiar una realidad primero hay que conocerla, analizarla y luego combatirla junto a miles de personas, y nada de eso parece estar ocurriendo.
De momento, el teatro exige votar entre opciones casi similares que han aceptado el actual marco con devoción y sin rechistar, por aquello de cuidar las formas y mantener el entramado dotándolo de “legitimidad”, en una suerte de democracia de fachada pero vacía, es decir, la situación perfecta para las clases sociales dominantes. Observamos, por ejemplo, un tema aparentemente menor pero significativo como son los festejos de las organizaciones políticas que ganan elecciones, veremos en ellos a un grupo minúsculo de adherentes con banderitas en el salón de un Hotel o, en su amplitud, en la calle de la sede. Se trata de familiares, funcionarios agradecidos o a lo sumo el núcleo de amistad de los candidatos elegidos. Pero, ¿si votaron a esa opción porqué no salen a la calle a buscar a los suyos, a sus correligionarios para compartir la alegría del triunfo y que sus ideas van a gobernar?
La democracia cuanto más madura, cuanto más consolidada menos necesita de esas algaradas, nos dicen sus dueños. O lo que es lo mismo, la desilusión y la desafectación por todo lo que tiene que ver con la política es un fenómeno normal, natural y máxime en una sociedad de frigoríficos llenos. Algo así como que la política que la hagan los profesionales del asunto, la participación –con sus debates, polémicas y festejos- se les antoja a los dueños de la democracia como algo peligroso y que por tanto se vende como cosas propias de otra época.
Sin embargo, la acumulación de riquezas en pocas manos no es cuestionable, es moderno y dotado con tintes suficientes como para que sea causa de envidia no de odio de clase. ¿Dije odio? éste también es un concepto antiguo, desfasado, practicado por antisistemas, más propio de fanáticos extremistas, dicen ellos desde sus terminales de manipulación y asume la mayoría como una verdad absoluta, como en otros tiempos se aceptaba sin dudar “la palabra de Dios”.
¿Se puede hablar de democracia con un sistema participativo nulo? ¿con sindicatos subvencionados a falta de afiliados? ¿con partidos políticos sin militantes? ¿con una abstención del 40 por ciento en cualquier consulta electoral? ¿No queda devaluado el sistema, hasta cuestionar su propia legitimidad, ante el abandono de miles de personas de todo tejido asociativo? Por el momento, pareciera que este invento se asemejara a un globo, cuya única misión es crecer y crecer... hasta la explosión final.
Un artículo de Jorge López Ave para InSurGente.
Apliquémoslo a nuestra isla... y a dar guerra
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