Álvaro Perea
El importante papel que juegan los medios de comunicación en la sociedad del siglo XXI es un hecho incuestionable. Los grandes grupos empresariales del sector que han sabido adelantar posiciones y convertirse en auténticos depredadores de opinión pública son hoy más fuertes que nunca.
En este escenario, las direcciones de los partidos políticos han sido capaces de establecer estrechas relaciones con el accionariado dominante de los citados grupos, relaciones orientadas a conseguir uno de los botines más preciados para aquellos que viven de los votos: la opinión pública. No es extraño oír que “la democracia consiste en escuchar la voz del Pueblo”. Si la afirmación es cierta, tal vez debamos preguntarnos si el “Pueblo” tiene voz propia o si ésta le ha sido sustraída vilmente en aras de que algunos consigan mantenerse en el púlpito del poder.
La primera de las leyes de Newton dispone que todo cuerpo permanece en un estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado por fuerzas impresas a cambiar su estado. Partiendo de la citada ley, y sentando la idea de que nuestra sociedad parece no mostrar signos de dinamismo propio, ¿Quiénes son las fuerzas que la alteran de su estado de reposo? ¿Quiénes orientan sus movimientos en una dirección u otra? Para conseguir la respuesta tal vez no debamos abrir ningún libro, sino sencillamente encender el televisor.
Más allá de la estática o la dinámica social, resulta imprescindible buscar fuentes alternativas. Espacios de crítica donde la opinión no esté preconfigurada ni se sirva a gusto del consumidor, sino que se construya con los ladrillos del razonamiento y la sana discusión. Repetir consignas y proclamas por muy solemnes que sean éstas quizás no sea lo más apropiado para una sociedad, a las que muchos hoy denominan “De la información” y a la que con mayor precisión, tal vez, debiéramos calificar como “La sociedad de las consignas.”
En este escenario, las direcciones de los partidos políticos han sido capaces de establecer estrechas relaciones con el accionariado dominante de los citados grupos, relaciones orientadas a conseguir uno de los botines más preciados para aquellos que viven de los votos: la opinión pública. No es extraño oír que “la democracia consiste en escuchar la voz del Pueblo”. Si la afirmación es cierta, tal vez debamos preguntarnos si el “Pueblo” tiene voz propia o si ésta le ha sido sustraída vilmente en aras de que algunos consigan mantenerse en el púlpito del poder.La primera de las leyes de Newton dispone que todo cuerpo permanece en un estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado por fuerzas impresas a cambiar su estado. Partiendo de la citada ley, y sentando la idea de que nuestra sociedad parece no mostrar signos de dinamismo propio, ¿Quiénes son las fuerzas que la alteran de su estado de reposo? ¿Quiénes orientan sus movimientos en una dirección u otra? Para conseguir la respuesta tal vez no debamos abrir ningún libro, sino sencillamente encender el televisor.
Más allá de la estática o la dinámica social, resulta imprescindible buscar fuentes alternativas. Espacios de crítica donde la opinión no esté preconfigurada ni se sirva a gusto del consumidor, sino que se construya con los ladrillos del razonamiento y la sana discusión. Repetir consignas y proclamas por muy solemnes que sean éstas quizás no sea lo más apropiado para una sociedad, a las que muchos hoy denominan “De la información” y a la que con mayor precisión, tal vez, debiéramos calificar como “La sociedad de las consignas.”
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